Skip to content

Por La Libre Pelicula Critical Thinking

Se abre el telón y aparecen seis niñas. Una interpreta el papel de madre, dos son sus hijas y el resto yihadistas a punto de cometer un atentado “como el de París”. Durante más de una hora, y sin que nadie las interrumpa, las actrices sirven té, se ríen a carcajadas, se esconden debajo de una mesa y se secuestran. Ningún adulto ha impulsado, guiado o supervisado la obra teatral. "Fue todo idea suya, fruto de las conversaciones que tenemos en el colegio", nos dicen.

La mitad de los alumnos de la escuela asisten y parecen entretenerse con el espectáculo. El resto juegan en el patio o "desarrollan actividades" en otras habitaciones. Muchos a su aire; otros en compañía de “mentores" (aquí no hay profesores). Un grupito está grabando “una película de dinosaurios” con una cámara. Otros, los más mayores, hornean pan para venderlo y sacar adelante la start-up que están montando.

También los hay que levantan un muro de piedra en el jardín, quienes hablan tranquilamente en la casa de madera que construyeron con el mentor de carpintería, los que prefieren ayudar al cocinero a preparar la comidacharlar en la clase de critical thinking (pensamiento crítico) y quienes se entretienen aprendiendo a sumar, en inglés, con materiales de colores del método Montessori. "Están implicados en todo lo que hacen, más felices y aprendiendo mucho más que los niños que se sientan delante de un pupitre a escuchar lo que dice un profesor", nos cuentan.

Es un día como otro cualquiera en la Escuela Internacional El Dragón, en Torrelodones (Madrid), un centro autodefinido como “libre y democrático”, por el que los padres pagan más de 500 euros mensuales por niño (excepto algunos becados) y en el que los niños “pasan el día aprendiendo y haciendo cosas que quieren hacer”, según explica Bárbara Serrano, la psicopedagoga co-fundadora del proyecto. "Les damos todas las herramientas, les apoyamos, les ayudamos a encontrar sus intereses, en un clima de confianza y respeto. El resultado ya lo ves", dice.

La "sociedad en miniatura" gira en torno a tres instituciones, que se pronuncian en inglés: un Parliament, donde niños y mentores acuerdan las leyes del centro; un Judicial Comitee rotatorio, formado por tres menores y un adulto, donde se deciden incluso las eventuales sanciones (castigos); y un sistema de mentoring para guiar las diferentes actividades que se realizan. “No tienen por qué ser adultos, los niños pueden también convertirse en mentores de otros niños si quieren. Aquí hay un niño que enseña mitología, por ejemplo”, explica Serrano.

En El Dragón toda la comida es ecológica, se puede ganar y gastar dinero (una moneda propia llamada “escama”), se personaliza la educación de cada niño según sus apetencias y habilidades, y nadie está obligado a memorizar nada. “Sólo hacemos exámenes si los niños lo piden y no les enseñamos a leer. Pero todos acaban aprendiendo porque hay actividades que realmente les motivan y para las cuales necesitan leer y escribir”.

Los modelos educativos alternativos, ya presentes en otros países occidentales, están experimentando un auténtico 'boom' en España. Ludus, la única base de datos que trata de agruparlos todos, tiene contabilizados ya 607 por toda la geografía (ver mapa). En junio de 2013 eran apenas 40. “Han crecido exponencialmente en los últimos dos o tres años. Es algo que ocurre siempre en tiempos de crisis; la sociedad busca soluciones y mira hacia la educación como forma de regenerarse. En España ocurrió algo parecido a finales del siglo XIX”, comenta Almudena García, directora de Ludus.

¿Pero esto es legal?

Una buena parte de los proyectos de educación libre son “ilegales” o "alegales". El primer núcleo lo suelen formar grupos de padres, que inscriben a sus hijos como “homeschoolers” (educación en el hogar) y se organizan en asociaciones, que técnicamente no son escuelas. Los proyectos más ambiciosos buscan conseguir después la homologación registrándose primero en otros países con mayor libertad educativa (Estados Unidos, Reino Unido, Panamá…) e instaurándose después como colegios internacionales en España.

“Es lo que hicimos en El Dragón. Desde el principio quisimos homologarnos, pero hay una cerrazón legislativa. Este verano nos denunció alguien y nos esforzamos para que no nos cerrasen. Conseguimos homologarnos en una institución de gran prestigio en Estados Unidos y ahora somos un Colegio Internacional. Esto tranquiliza a muchos padres que se sienten interesados por nuestros métodos pero no se atreven a dar el paso. Llevamos unos meses homologados y estamos creciendo tan deprisa que ya no cabemos. El año que viene queremos ofrecer también secundaria”, explica Bárbara Serrano.

Para esquivar problemas, algunos centros sólo aceptan niños menores de seis años, cuando empieza la escolarización obligatoria. Es el caso de Cucurumillo, en Murcia, un proyecto donde acuden ya 23 niños. “Aquí entras como asociado y desde el primer momento estás implicado, desde la elaboración de materiales a cuidar el huerto. También acudimos a la escuela a enseñarles cosas que sabemos a los niños. La mayoría somos educadores o psicólogos, conscientes de lo nefasta que es la educación tradicional, que queremos algo distinto para nuestros hijos”, dice Vicky, una de las madres asociadas.

Libres y libérrimos

Bajo el paraguas de la “escuela libre” se agrupa una gran variedad de pedagogías. Algunas, las más consolidadas, no se sienten del todo cómodas con la etiqueta e intentan distanciarse. Es el caso de los centros Montessori y Waldorf, muchos implantados desde hace décadas y con las homologaciones en regla, adaptadas al curriculo oficial español. “No podemos considerarnos una escuela alternativa porque somos un proyecto con un método concreto y un siglo de historia. Pero estamos en el mismo barco que el resto de movimientos libres, a quienes apoyamos y ofrecemos nuestras experiencia gratis. Somos buscadores, como ellos”, afirma Antonio Malagón, fundador de la primera escuela waldorfiana de Madrid, la Escuela Libre Micael de Las Rozas.

Hay quien define el método waldorf como la "homeopatía de la educación". Sus profesores aprenden asignaturas y técnicas poco ortodoxas, como la “antroposofía”, el “masaje rítmico” o la “euritmia”. Basado en las enseñanzas del filósofo y esoterista alemán Rudolf Steiner, los alumnos trabajan el movimiento, el contacto con los materiales y las actividades artísticas. En las aulas de la Escuela Micael encontramos niños y adolescentes cosiendo, moldeando cobre con un soplete y  “moldeando sentimientos” con arcilla.

“Todo se hace en inglés, alemán y español. La primera parte del día desarrollan el intelecto, el pensar. La segunda parte del día trabajan la variante artística, el sentir. Y al final se enfrentan a sus proyectos vitales, a la voluntad, que en realidad es espiritualidad. No tenemos religión oficial, dogma, sermón o doctrina, pero educamos esa dimensión mediante las enseñanzas de tradiciones populares, leyendas y mitos. O estudiando biografías de gente especial, como Gandhi o Hellen Keller. La educación tiene que ser una experiencia concreta, no memorizar datos abstractos para vomitarlos en un examen, estos niños no van a trabajar en fábricas y la educación tradicional está desfasada. Todas las personas tenemos un proyecto de vida y aquí ayudamos a los chicos a descubrir el suyo”, comenta Malagón.

Según Almudena García, la etiqueta que engloba las educaciones libres es pertinente porque todas comparten unas serie de principios básicos, que ella enumera. “Se aprende experimentando, no memorizando; se enseña a colaborar, no a competir; los ritmos de los niños son respetados; los errores son vistos como parte del aprendizaje; la creatividad no se coarta ni se estimula precozmente; están en contacto con la naturaleza, con el medio externo y con implicación de las familias”.

Corrientes importadas

Algunos proyectos de pedagogía libre son incipientes en España pero tienen décadas de trayectoria en otros países. Es el caso del primer bosque-escuela de España, inaugurado este curso en la sierra de Madrid e inspirado en experiencias que ya existen en el centro y el norte de Europa.

La dirección que aparece en su página web nos lleva hasta una verja de metal, en un hermoso paraje en mitad del campo. Hay que caminar un par de minutos antes de encontrar a un grupito de niños, la mayoría de entre tres y cinco años, sentados en un corro en el suelo, rodeados de encinas y boñigas de vaca. Abrigados como montañistas, siguen las explicaciones de una de sus profesoras, Ana, que utiliza una marioneta con cuerpo de ardilla para atraer su atención.

Los niños no sólo no se ponen malos con el frío, sino que enferman menos que cuando pasan el día entero en espacios cerrados

“Es un centro bilingüe, pero aquí no hay aulas. Tenemos una cabaña de madera por si llueve o si hace demasiado frío, pero casi todo el tiempo lo pasamos fuera. Vamos cambiando de sitio constántemente, preparamos una ruta, caminamos, escogemos el lugar y nos sentamos. El campo es su aula. Los niños no sólo no se ponen malos con el frío, sino que enferman mucho menos que cuando pasan el día entero en espacios cerrados, donde se transmiten mucho más los virus. Aquí en España suena muy raro, pero en el norte de Europa hay cientos de escuelas como esta”, dice Jara, una de las profesoras.

Mientras los niños atraviesan un arroyo, Jara nos habla del fundador del proyecto, Philip Bruchner, un alemán que quiere popularizar este sistema de educación en España. La iniciativa, respaldada en España por la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, sólo acoge por ahora a niños de infantil, hasta los seis años.

Los críos, cargados con mochilones, se divierten saltando entre zarzas y jugando con palos, hasta llegar a un área que han bautizado como “bosque de piedras”, donde no se asustan al ver a un grupo de unas veinte vacas que nos observan a diez metros de distancia, sin ninguna barrera de por medio.

Escepticismo

¿Qué tienen en común Jacqueline Kennedy, Gabriel García Márquez, Jennifer Aniston, Jeff Bezos, Larry Page, Taylor Swift, Ana Frank, George Clooney, Michael Ende, Jessica Hart y Sandra Bullock? Los defensores de la educación libre plantean la pregunta como argumento de fuerza porque lo que comparten todos estos apellidos es, efectivamente, una educación alejada de la ortodoxia, encuadrada dentro de algunos de los proyectos pioneros de educación libre.

“Los niños no sólo son más felices y realizados, sino que también llegan a tener más éxito”, defiende María Acaso, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y una de las grandes defensoras de lo que ella define como "educación disruptiva".

Los argumentos no logran convencer a la comunidad pedagógica española, que en general observa con enorme escepticismo estas experiencias. “No soy un partidario de la disciplina severa, pero aprender tampoco puede ser siempre divertido. Se aprende mejor entrando en acción, eso es cierto, pero estas pedagogías tienden a estar infiltradas de posiciones maniqueas de la realidad, muy ideológicas, a veces con tintes paranoides", dice Jesús Martín Cordero, profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación de la UNED. 

"Ya no estamos en 1900, cuando cada grupo social proponía un método educativo. La pedagogía no alcanza el nivel de la medicina, pero ahora tenemos información técnica de sobra sobre el aprendizaje y la escuela pública española no es impermeable a los nuevos descubrimientos y avances, aunque es cierto que hay mucha resistencia al cambio entre el profesorado. Pero es difícil encontrar expertos que defiendan estos métodos que plantean un rupturismo total. Hay gurús que lo promocionan, como en todas estas cosas”, continúa.

El objetivo de los defensores teóricos de la educación libre en España es, precisamente, infiltrar la educación pública para evitar que sólo puedan disfrutarla quienes pueden pagársela. “Hay ya algunos ejemplos, como la escuela Trabenco de Leganés, pero en general encontramos grandes obstáculos por parte de los propios docentes. La resistencia del profesorado al cambio es muy grave. Actualmente no hay ningún mecanismo para recompensar la innovación en las aulas, más bien al revés”, dice Acaso, que define el papel de los defensores de la pedagogía disruptiva como “francotiradores”.

Laura Mascaró, presidenta de la Plataforma por la Libertad Educativa, defiende por su parte “una reforma integral del sistema escolar” que permita a las familias “una verdadera libertad a la hora de elegir”. “No obstante, observamos una tendencia de la escuela convencional (tanto pública como concertada y privada) de copiar algunos elementos característicos de las escuelas libres, por lo que la diferencia entre ambos modelos se va acortando”, dice.

“Transcendence” is a most curious name for a movie that never shakes free from those hoary old cliches about the evils of technology and the danger by which man plays at becoming a god. The man in question here is Johnny Depp, whose listless lead performance as a brilliant scientist in the field of artificial intelligence does little to aid this overplotted, dramatically undernourished debut feature from longtime Christopher Nolan d.p. Wally Pfister. Arriving at a crowded spring box office, the pic will test Depp’s drawing power outside of the Disney franchise factory, before weak word of mouth and “The Amazing Spider-Man 2” send it packing.

One of the manifold pleasures of Spike Jonze’s “Her” was how elegantly it shrugged off decades of speculative fiction in which technological progress correlated to a loss of human individualism. In its place was the delightful suggestion that, rather than battling us for domination, artificial intelligence might join us in romantic bliss, and then, having had its fill, journey off in search of some more fulfilling destiny in the cosmos. But in “Transcendence,” which might have been titled “Him,” it’s very much back to square one: the culture of technophobia that gave us the predatory mainframes and cyborgs of “2001,” “Demon Seed” and “Alien,” and that early ’90s wave of cyber-paranoia thrillers (“The Net,” “The Lawnmower Man,” “Virtuosity”) that now seem as quaint as dial-up Internet.

More Reviews

Some might add to that list the collective work of James Cameron, almost all of which involves the fusion of man and machine; except, in Cameron’s case, technology is just as often friend as foe, and in any event an inevitability that we can’t reasonably be expected to live without. Yet, when “Transcendence” begins in some unspecified near-future year, the plug has been pulled on that whole crazy information superhighway. Abandoned cell phones litter the streets like tumbleweeds in an old Western; computer keyboards make for convenient door stops. Our narrator (Paul Bettany) reports of an “unstoppable collision between mankind and technology,” and then begins to unfurl his tale of woe. Fittingly, we are in Berkeley, that hallowed hippie enclave where the coming of chain stores was once seen as a sign of cultural apocalypse, until a more immediate threat arrived in the form of Silicon Valley one-percenters.

The movie then flashes back five years and introduces us to Depp’s unsubtly named Dr. Will Caster and his wife and fellow researcher, Evelyn (Rebecca Hall). That the Casters have not (yet) fully sold their souls to demon science is evinced by Will’s building of a copper-encased “technology-free zone” in the backyard of the couple’s picture-perfect craftsman home. But meanwhile, back at the lab, the Casters are hard at work on a sentient machine called PINN (Physically Independent Neural Network), which takes up an entire room (like the all-knowing super-computer from “Willy Wonka and the Chocolate Factory”) and converses in a female droid monotone that sounds like HAL 9000’s premenstrual sister.

Not everyone, it seems, is thrilled with this idea. In the course of a single day — a kind of cyber-9/11 — a series of coordinated terror attacks lays waste to the best and brightest in the A.I. community. Will himself takes a bullet to the belly but makes an incredibly speedy recovery, only to learn that the bullet was laced with radiation and now, like the poisoned man of the classic noir “D.O.A.,” he’s living on borrowed time. Rather hurriedly (as it has a habit of doing), the screenplay by first-timer Jack Paglen introduces the notion that, just as one might save a video or music file to a hard drive, so might we do the same with an entire human consciousness. And so, with some help from their best scientist friend (Bettany), the Casters spend Will’s dying days digitizing the good doctor’s noggin for posterity.

Thus “Transcendence” arrives at that old, irresolvable conundrum: Is it live or is it Memorex? Staring out from a bank of computer monitors, the digital Will looks and sounds awfully like the old one — and yet, as with George Romero’s zombies, looks can be deceiving. This new Will isn’t content to stay contained on one (massive) server. He wants to stretch his bits and bytes, to be uploaded into the cloud (and not only, one suspects, so that he can debate philosophy with Alan Watts). And Evelyn, who wants more than anything to believe that her husband is still somehow alive, happily obliges. Appearing periodically to offer grave prognoses is Morgan Freeman (one of several members of the Nolan stock company who appear here), once more cast as the wise, weary Voice of Reason.

There are intriguing, half-formed ideas afoot in “Transcendence,” but the script and Pfister’s heavy, humorless direction tend to reduce everything to simplistic standoffs between good and evil — or, in this case, heartless technocrats and crunchy-granola resistance fighters known as RIFT (Revolutionary Independence From Technology) and led by plucky martyr-in-training Bree (Kate Mara). Take that, PINN. The bigger problem is that all the characters on both sides are so uniformly bland and lifeless that one can hardly tell the flesh-and-blood humans from the army of man/machine “hybrids” Will begins assembling with his suddenly infinite powers (including, for murkily defined reasons, the ability to manipulate real-world organic matter). Imagine a version of “Invasion of the Body Snatchers” in which the aliens arrive to discover a world of anodyne pod people already in place.

It’s a bit of a cliche (which doesn’t make it untrue) that when cameramen turn to directing, they make movies long on visual splendor and short on storytelling. In any case, most who make the transition (Jack Cardiff, Haskell Wexler, Gordon Willis, John Bailey, Dean Semler) eventually go back to shooting for others. With “Transcendence,” Pfister has certainly delivered a good-looking, well-produced picture, albeit one lacking in the memorable images he has supplied in excess in Nolan’s employ. (Pfister’s d.p. of choice, Jess Hall, is big on sun flares and slow-mo water droplets.) More critically, he’s made a movie empty of feeling, even as it labors to convince us that the entire future of the human race is hanging in the balance. There is, at the story’s center, an attempt at a grand, doomed sci-fi romance between Will and Evelyn, but one need only think back to David Cronenberg’s remake of “The Fly,” or Nolan’s own “Inception,” to see how short “Transcendence” falls on this particular score.

Presented with much the same challenge as Scarlett Johansson in “Her” — to play a character who, for most of the movie, exists only as a disembodied voice (and, in this case, a flickering face on a screen) — Depp fails to convey any real sense of the passion and curiosity that supposedly drive Will Caster to do what he does. The gravely beautiful Hall (who was, along with Johansson, one of the women caught up in the epic magicians’ duel in Nolan’s “The Prestige”) seems to have been directed to deliver her entire performance in an unwavering state of glassy-eyed anxiety. Indeed, long before the Web goes bust, “Transcendence” has already flatlined.

Composer Mychael Danna rattles the speakers of the new Dolby Atmos sound system with a score that combines lush string arrangements and occasional electronic twangs, whenever the basso profundo sound design isn’t doing same.

Film Review: 'Transcendence'

Reviewed at Dolby 88, New York, April 8, 2012. MPAA Rating: PG-13. Running time: 119 MIN.

Production: A Warner Bros. release of an Alcon Entertainment presentation in association with DMG Entertainment of a Straight Up Films production. Produced by Andrew A. Kosove, Broderick Johnson, Kate Cohen, Marisa Polvino, Annie Marter, David Valdes, Aaron Ryder. Executive producers, Christopher Nolan, Emma Thomas, Dan Mintz. Co-producers, Yolanda T. Cochran, Steven P. Wegner, Regency Boies, Scott Robertson.

Crew: Directed by Wally Pfister. Screenplay, Jack Paglen. Camera (color, Technicolor prints, widescreen, 35mm), Jess Hall; editor, David Rosenbloom; music, Mychael Danna; music supervisor, Deva Anderson; production designer, Chris Seagers; supervising art director, Dawn Swiderski; art directors, Thomas O. Frohling, Gregory Hooper, Bjarne Sletteland, Clint Wallace; set decorator, Gene Serdena; set designers, Ricardo Guillermo, Siobhan Roome, Sally Thornton, Ron Yates; costume designer, George L. Little; sound (Datasat/Dolby Atmos/Dolby Digital), Willie D. Burton; sound designer, Mark Mangini; re-recording mixers, Jeremy Peirson, Terry Porter; visual effects supervisor, Nathan McGuinness; visual effects producer, Mike Chambers; visual effects, Double Negative; stunt coordinators, Darrin Prescott, Wade Allen; associate producer, Brad Arensman; assistant director, Scott Robertson; casting, John Papsidera.

With: Johnny Depp, Rebecca Hall, Paul Bettany, Cillian Murphy, Kate Mara, Cole Hauser, Morgan Freeman, Clifton Collins Jr., Cory Hardrict, Falk Hentschel, Josh Stewart, Luce Rains, Fernando Chien, Steven Liu, Xander Berkeley, Lukas Haas.

Leave a Reply

Want to read more articles like this one?Subscribe to Variety Today.